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Veo en el periódico que hoy están programadas en dos canales distintos dos películas españolas de hace unos años: Españolas en París y Surcos. La primera es de 1.971 y la segunda de 1.951. La primera trata de una familia de pueblo que se instala en Madrid buscando oportunidades que le permitan salir de la cruda miseria en que vivimos durante los años posteriores a la posguerra y la segunda retrata las aventuras , al principio de los años 70, de unas jóvenes que buscaban trabajo en París y terminaban encontrándolo en el servicio doméstico.

Se ha vuelto un tema de conversación frecuente el de la necesidad de volver a salir de España para poder tener expectativas de futuro. Mucha de la gente que hoy emigra son personas con buenas cualificaciones académicas y profesionales. Cuarenta años después de la historia que cuenta “Españolas en París” hay , de nuevo, mucha gente pensando en salir de aquí para poder tener un futuro. Esta vez no es la España de Franco la que empuja a irse, es la de los demócratas que le sustituyeron . No voy a entrar en este artículo a repetir las archiconocidas causas de nuestra penuria económica, que no es más que una consecuencia de la decepcionante falta de calidad de nuestros políticos lo que, a su vez, es consecuencia de la tolerancia de los votantes ante sus desmanes .

Pero ahora quisiera reflejar aquí la fuerte emoción que me provocó el encuentro con un español que había emigrado hace un año a Chile, país que acabo de visitar como turista recientemente. A “Carlos” (no es su nombre real) , lo conocí cuando fuí a Puerto Varas, en la Región de los Lagos. Se había quedado sin trabajo en España y ,tras año y medio de intentos de búsqueda de un nuevo empleo, decidió irse a Chile. Este país tiene dos cualidades objetivas que le hacen atractivo: su crecimiento sostenido (con las oportunidades que ello conlleva) y su lengua. A pesar de todo esto reiniciar una vida profesional con más de 45 años es una epopeya. Carlos me contaba cómo había tirado de todos sus contactos, cómo había removido Roma con Santiago y cómo tenía que vérselas a diario con personas que le trataban con un aire de superioridad (los chilenos saben que van hacía arriba y nosotros hacía abajo) o de displicencia. Cuando uno vive en primera persona esas situaciones de nada vale saber que el PIB español es 5 veces el de Chile. Cuando uno está allí es porque su país no le da las posibilidades que cree que Chile puede darle. Carlos me confesó que más de una vez había estado a punto de derrumbarse ante las dificultades con que tenía que enfrentarse.descarga

No importa que seas un albañil boliviano o un químico español, si has tenido que ir a ganarte la vida a otro país , eso significa que el tuyo no sabe hacer bien las cosas y, en una democracia, eso significa que los votantes no están usando sus votos o sus iniciativas para cambiar las cosas.

 Hasta ahora no he usado las palabras pena o tristeza, dejo que el lector juzgue si sirven para describir los sentimientos que tienen quienes se ven obligados a salir del país . ¿Quien podía imaginar en el año 2000 que las historias que contaban Surcos y Españolas en París se iban a repetir? ¿Quien, entonces, podía pensar que el Instituto Español de Emigración ( en la actualidad sus funciones las cubre la Secretaría General de Inmigración y Emigración), iba a ser, otra vez, su oficina de empleo? Lo siento, pero no puedo evitar caer en una cierta melancolía. Nunca pude imaginar que íbamos a ver otro pase de las viejas películas que nos quebraron el futuro: las de los localismos exacerbados, las de la incapacidad de los políticos de las dos tendencias principales para entenderse en lo básico ( aquello que permite que los ciudadanos puedan soñarse en un futuro mejor), las de tenerse que ir para construirse una vida.

Sólo se me ocurre terminar pidiendo que cada cuál use sus votos como si fueran los diez últimos euros de que dispone.

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