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La experiencia de ver hundirse al líder

Las declaraciones del ex presidente Jordi Pujol en las que reconocía la ocultación de cuentas a Hacienda, han tenido y tendrán un efecto sobre aquella parte de la población de Cataluña que le tuvo por su líder durante más de 30 años. En varios aspectos el reconocimiento de su falta, con los añadidos dramáticos de su avanzada vejez y su airada negación ante las cámaras  hace sólo unos meses de lo que ahora reconoce, es equivalente a una muerte. En primer lugar muerte política y, en segundo, muerte histórica pues J. Pujol encarnó casi en solitario y de un modo cuasi caudillista la reivindicación de una Cataluña independiente frente a una España ocupante ilegitima de su territorio. Estas “muertes” de Pujol podrían generar una reacción parecida al duelo. Sin embargo, de las dos muertes, sólo una lo provocará: la de la muerte del personaje en su dimensión histórica. La del personaje político no lo provocará ya que, en realidad, en Cataluña casi todo el mundo sabía de los negocios y modos de actuación de los Pujol, no digamos nada de las cúpulas dirigentes. Por eso, políticamente, el reconocimiento de su delito fiscal ( eso sí, en un grado mucho menor de lo que se intuye que es realmente) no cambia las cosas. No quita ni pone rey. Después de todo él ya estaba retirado (aunque, sin duda, activo en el partido a través de su hijo Jordi) y nada de lo ocurrido –más allá de la dura y formal consumación del reconocimiento- cambia la auténtica respetabilidad del personaje, que todo el mundo conocía ( ¡que irónico que el título del presidente de Cataluña sea el de Molt Honorable!).

Pujol

Ante la muerte del personaje que apuntaba a histórico, y que lo será pero de un modo muy distinto al pretendido, cabe esperar reacciones similares a las de un duelo atenuado: ha habido un shock en un primer momento, habrá negación posterior de los hechos, habrá tristeza y decepción y quizás, en algunos, haya una aceptación resignada. Entre los mecanismos de negación se podrán elaborar teorías conspirativas que permitirían mantener a salvo en su pedestal al ex presidente. El tiempo dirá, de ocurrir, en qué formas y modos se presentan esas teorías. Sin embargo creo que serán muchos más los que adopten otra estrategia psicológica para adaptarse a la nueva situación (ésta en la que Cataluña habrá de seguir adelante sin Pujol, olvidarse de él y negar el “Pujolismo” -quizás hasta renegar de él-). Esta estrategia, que es individual, aunque por el número de personas afectadas tiene también una vertiente sociológica y, por ende, política, tiene que ver con el poderoso impulso que sentimos los humanos hacia la búsqueda de la coherencia o, en términos más  psicológicos, hacia la reducción de la disonancia cognitiva. Lo aclaro: mientras Pujol fue respetable, sus seguidores podían asumir sus ideas, propuestas, actitudes y comportamientos. Podían, incluso, identificarse con él e interiorizarlo. Él era la persona viva individual que en mayor grado encarnaba a Cataluña. A la identificación, con frecuencia, sigue la imitación de comportamientos y, naturalmente, el voto en las ocasiones electorales. Pero ¿cómo puede uno mirarse al espejo ahora, decirse que lo que piensa y siente políticamente se lo debe a J. Pujol, reconocer que ese señor era y es un fraude y no derrumbarse como individuo político? Quienes durante muchos años han respaldado de pensamiento y obra la “ ideología pujolista” han invertido mucho en ello. Todo eso no puede arrojarse a la papelera sin más. Por eso la disonancia que expresa la pregunta que hacía antes debe resolverse. Probablemente la mayoría de las personas lo harán por la vía de salvaguardar sus creencias sobre la nación catalana desvinculándolas lo más posible de la obra de Pujol. Esto es lo que harán todos aquellos para los que la coherencia cognitiva sea más importante que la identificación con el personaje. Uno no puede cambiar sus posiciones políticas de la noche a la mañana porque nuestras posiciones políticas reflejan en parte nuestro yo ideal y éste no puede transformarse instantáneamente.

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Los esfuerzos y  emociones puestos en creerse una cierta versión de las cosas, los años transcurridos definiéndose por un cierto estar a favor de esto y en contra de lo otro, le fuerzan a uno a creer firmemente que eso era verdad: no puedes empezar a creer que tus creencias eran sólo algo inventado por alguien que sólo buscaba dinero e impunidad. No es posible. Creo que la mayoría de sus votantes se reafirmarán en sus creencias anteriores, las revestirán de una nueva madurez (de la madurez del hijo que perdió al padre), se hablará de post-pujolismo  y, con el tiempo, creo que Pujol terminará siendo negado (un grupo humano no puede aceptar como parte suya algo que pública y manifiestamente es tan contrario a la ética y al contrato tácito que un político tiene con su pueblo).

Analizando los hechos desde otro ángulo creo que muchos catalanes –no todos, claro- deben estar pasando por un proceso de culpa. Lo que ha ocurrido no les era ajeno. Todo esto se sabía o se intuía y, aún así, le siguieron votando y tolerando todo lo que significaba. En el reconocimiento de Pujol hay un reconocimiento simbólico de culpa de otros muchísimos, que sabían, callaban, cooperaban y le votaban. Muchos catalanes necesitarían una catarsis, no sé si la habrá. No creo que la haya, a juzgar por esta primera semana de reacciones, pero sería muy saludable.

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