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Anoche escuché el discurso de Nochebuena del rey Felipe VI con toda atención e interés. Algunos de sus discursos anteriores ya habían logrado atraer mi atención porque creí descubrir en ellos una capacidad comunicativa insólita entre los políticos y otras figuras públicas. Felipe VI no me defraudó anoche.  Lo que dijo y cómo lo dijo, contextualizados en este momento histórico concreto, tuvo un valor que trasciende el habitual en un discurso de la Corona.

Los sucesivos gobiernos de todo signo han ido acostumbrando a los españoles a sentirse ciudadanos de una entidad socio-política –“este país”- insustanciada, con un pasado del que no se habla, con un presente plagado de problemas que afectan a la raíz misma de nuestra identidad y con un futuro acerca del cual nadie hace predicciones más allá de las puramente económicas. Ninguno de nuestros políticos ha sabido, ni querido, ofrecer una visión de España auténticamente integradora, ilusionante y proyectada hacia el futuro. Con el tiempo, casi cuatro décadas después del fin de la dictadura, el sentimiento de orfandad de una patria común que nos acoge a todos (patria-padre) ha facilitado y hecho posible el renacimiento vigoroso de unos nacionalismos que, en las mentes y los corazones de los ciudadanos de algunas regiones, han suplido la falta del necesario  referente nacional común e integrador, ese que permite a los países ser grandes y a sus habitantes sentirse partícipes satisfechos de un proyecto común.  En la vieja Europa las grandes naciones como Francia, Alemania o el Reino Unido ofrecen a sus ciudadanos esa certeza de Estado, ese referente que aporta a cada ciudadano una parte de su identidad. En países como USA  o en los emergentes asiáticos, el sentimiento de pertenecía a su nación es tan fuerte que, en Europa, nos parece casi infantil.

Creo que el discurso de anoche del rey puede abrir un horizonte nuevo en la política española. Sitúa el discurso político en un plano donde nadie se había atrevido a ponerlo: ha puesto las bases para hablar sin complejos de una España unida y con un futuro ilusionante. El discurso ha evitado tener el perfil romo a que estamos acostumbrados. Lo ha hecho reconociendo las cosas con franqueza. Por ejemplo, reconociendo implícitamente que aunque hay millones de catalanes que se sienten españoles, también hay otros que no. Este reconocimiento le coloca ante los ciudadanos en una posición de legitimidad y autenticidad  más fuerte que el mero enunciar que la constitución no  permite ese tipo de referéndum (en referencia a la votación por la independencia de Cataluña). Por mucho que eso sea verdad, esa obstinación no permitirá jamás resolver el problema ya que ni siquiera lo reconoce.

El rey Felipe VI

El rey Felipe VI

En mi opinión la alocución del rey logró la cuadratura del círculo comunicativa: ha sido, a la vez, un discurso de la Corona y uno político. Ha sido un discurso de Estado y, en esbozo, uno de gobierno. Los políticos que nos gobiernan y los que aspiran a hacerlo podrían tomar  nota de lo que Felipe VI inició con sus palabras anoche.

Quisiera señalar también la intensidad del impacto comunicativo del mensaje. Es claro que las habilidades comunicativas del rey han sido modeladas y perfeccionadas durante años y que, en general es un comunicador muy eficaz. En este caso, sin embargo, creo que ha logrado aún mayores cotas de efecto. Dos serian las razones para ello: la primera, la naturaleza y oportunidad de los temas tratados y, la segunda, la naturalidad del énfasis, verbal y paraverbal, con que reforzaba las ideas y propuestas.

El rey abordó anoche los grandes temas abiertos en el país, ha reconocido errores, los ha hecho suyos, ha mostrado la decisión y el deseo de solucionarlos. No se quedó ahí, ha recordado que existen motivos  para sentirnos orgullosos por lo hecho juntos, que es mucho (“no partimos de cero, ni mucho menos. Es mucho lo que hemos conseguido”).

Al acercarse a la conclusión ha lanzado mensajes destinados sin ambages a alimentar la maltrecha autoestima nacional, tan empobrecida durante tanto tiempo. Literalmente dijo: “Tenemos capacidad y coraje de sobra. Tenemos el deseo y la voluntad y hemos de sumar la confianza en nosotros mismos. Esa es la clave de nuestra esperanza en el futuro, la clave para recuperar el orgullo de nuestra conciencia nacional.”.

Ya sé que la arena de la política de gobierno es otra que la de la política de Estado ( y más aún de la de Estado ejercida por una Corona en una democracia parlamentaria) pero no veo una sola razón por la que quienes gobiernan hoy en España y quienes pretenden hacerlo en el futuro no puedan esgrimir discursos similares en cuanto a trasmitir una ilusión realista, mostrar sinceridad al llamar a los problemas por su nombre, apreciar y mostrar orgullo por el pasado y crear un marco de futuro hacia donde, juntos, podamos dirigirnos con confianza en nosotros mismos. Si los partidos políticos adoptasen, cada cual con sus matices, discursos que recogiesen estos elementos y unos planes de gobiernos consecuentes con ellos, seguramente no habría tanta gente dispuesta a entregarse a aventuras demenciales y falsas que proponen las nuevas fuerzas de ultraizquierda recientemente aparecidas en nuestro escenario político.

Este rey, si acompaña sus palabras con las actuaciones necesarias (y posibles, aquellas que caen dentro su ámbito de monarca parlamentario), puede marcar un punto de inflexión en nuestra historia y un nuevo paradigma de liderazgo en nuestra política, tan necesitada de él.

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