Casi todo el mundo conoce el Principio de Peter, ese que predice que una persona ascenderá en la jerarquía de una organización hasta que alcance su nivel de incompetencia. Es una de esas genialidades facilonas que se entiende intuitivamente, es “potente” explicando el hecho al que se refiere y es frecuentemente observable en todo tipo de empresas y organizaciones. Obviamente no todas las empresas son igualmente tolerantes cuando se trata de mantener a un/a incompetente en su puesto. Las empresas de alta exigencia (que también suelen ser las de altos resultados) son más ágiles y expeditivas librándose de ellos. En cambio en las empresas “acomodadas” o en ciertos organismos públicos los incompetentes pueden llevar plácidas existencias.

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Hoy querría centrar mi atención en una nueva aplicación del Principio de Peter, la que observamos cuando un emprendedor que ha creado su pequeña o mediana empresa llega al límite en que se enfrenta a sus limitaciones. Según el curso natural de las cosas los emprendedores, usando los conocimientos y destrezas en qué son fuertes, crean un producto o un servicio y van haciendo crecer poco a poco sus negocios. Ese gratificante crecimiento les va confirmando en su manera de hacer las cosas, en su propio estilo. A diferencia de los empleados y profesionales que deben recibir “aprobación” de sus jefes, los emprendedores sólo reciben la aprobación o rechazo del mercado (que suele ser un severo juez). Si van creciendo lo usual es que el estilo personal se consolide y termine fraguando pétreamente. Seguro que los lectores recordaran haber conocido algún pequeño empresario de éxito que empleaba la mitad del tiempo en explicar cómo se había hecho a sí mismo y rezumaba satisfacción y autocomplacencia. Pues bien, no es nada infrecuente que esos dos factores, satisfacción y autocomplacencia, se conviertan en sus mayores enemigos a la hora de crecer.

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Mientras que en una empresa el precio a pagar por mantener incompetentes en sus puestos es una menor eficacia y el desánimo de los que de él/ella dependen, en el caso de los emprendedores el precio es el no crecimiento o la desaparición. La realidad es que suelen enfrentarse solos a sus limitaciones. No es fácil que ninguno de los que trabajan para él/ella esté en disposición de hacérselas notar, ni que ellos –los propios interesados- tengan la actitud necesaria para cambiar sus modos limitativos de gestionar.
He tenido la suerte de conocer a buen número de emprendedores, gente de verdadero talento, entusiasta y trabajadora y, en ciertos casos, he podido ver como sus empresas crecían justo hasta el momento en que crecer significaba dejar de hacer uso de alguna de sus fortalezas o usar alguna cualidad de las que ellos, sencillamente, no disponían ni les era posible adquirir. Así, he visto grandes ingenieros y abogados hiperdetallistas que eran incapaces de alcanzar una visión general de las cosas, que se perdían en los detalles. He visto a verdaderos maestros en el arte de ganarse la confianza de los demás pero ineptos para planificar con un mínimo de serenidad su agenda de trabajo, con ello caían en el caos. He visto también a hiperperfeccionistas que no toleraban nada inferior a lo perfecto, nunca estaban contentos y jamás estaban satisfechos con sus empleados. Estas actitudes suponen frenos reales al crecimiento. Sólo superando esos estilos de actuación esos emprendedores podrían llegar a jugar en las ligas superiores.
Por lo dicho hasta ahora creo que podemos enunciar una nueva versión, especial para emprendedores, del Principio de Peter: un emprendedor podrá usar intensivamente sus conocimientos y aptitudes para hacer crecer su empresa justo hasta el momento en que estos se conviertan en su mayor freno.
España tiene un problema con el tamaño de sus empresas, hay pocas empresas grandes y poquísimas globales. El porcentaje de pymes que pasan a grandes es bajísimo. En una economía globalizada eso nos condena a ocupar nichos de actividad en los servicios de baja o media cualificación. Una parte mayor de nuestras pymes podrían crecer y “hacerse mayores” si algunos de nuestros valientes emprendedores dieran un salto cualitativo en sus maneras de dirigir, gestionar y concebir sus empresas. Desde aquí quisiera animarles a que reflexionen y pidan  opiniones a terceros (profesionales, si es posible), para detectar y superar esas limitaciones personales en la manera de dirigir, esas que hacen que el Principio de Peter también sea aplicable a los emprendedores. Aunque en España se les reconozca poco, los emprendedores cumplen un rol social irremplazable.

Juan San Andrés

Consultor de Dirección en factor humano, equipo directivo y organización
http://www.juansanandres.org

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